Hay días en que extraño
los paseos con mi viejo
en el mercadito de Los Cortijos,
en mi bella Caracas.
La colita bajo el sol ardiente,
esperando las mejores cachapas,
calienticas,
con el aroma del maíz molido
y la leña encendida
abrazando el aire.
Hay días en que extraño
esas cachapas suaves como caricias,
rellenas de queso de mano,
tan fresco que al mirarlo
ya la boca se me hacía agua.
Pedía siete para llevar,
una por cada día de la semana,
menos el domingo—
porque esa era para mi pretendiente,
a quien amé tantos años.
Hay días en que extraño
las risas de mi viejo,
cuando me compraba flores
y un adorno de vidrio—
“cristal”, le decíamos—
pequeño como un colibrí,
pero con un gesto tan inmenso
como un árbol de secuoya
con mil años de vida.
Hay días en que extraño
el olor de Caracas,
su gente cálida,
pero siempre despierta,
por si viene un choro—
¡ya sabes!
Sus mangos dulces,
la conserje metiche
que todo lo quería saber,
las calles, los edificios,
y sobre todo,
esa familia que tuve
y que ya no existe.
Hay días en que extraño
a mis amigos,
sus ocurrencias, sus risas,
sus desamores también.
Patinar por “La Cota Mil”,
andar en bicicleta,
y hasta el café que me tomaba
en el CCCT.
Hay días en que extraño
nuestras playas y rumbas,
el olor del mar
y la arena blanca y suave
entre mis pies.
Mi gente feliz, obsesionada
con solo ir a la playa,
tener un hogar estable,
viajar cuando se pudiera.
Era una vida simple,
era una vida feliz.
Vivíamos todos los días—
entre cachapas, arepas y pabellón,
y sin que faltara una rumbita
los fines de semana.
Era todo un paraíso.
Y hay días en que la melancolía gana,
y extraño ese vivir…







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