Soy como un pueblito escondido: geografía del alma

Hay viajes que nos enseñan más sobre nosotros mismos que años enteros de reflexión. Este poema nació en España, pero también nació en mí, mientras caminaba por calles estrechas, me perdía entre balcones con claveles y me encontraba en la mirada de pueblos silenciosos que guardan siglos de historia y mezcla cultural.

Entendí que hay algo profundamente bello en lo que no está a simple vista. En lo que requiere perderse para ser encontrado.

Así me vi. Así me sentí.

Como uno de esos pueblitos escondidos que solo los viajeros curiosos y valientes llegan a descubrir.

No porque se esconda para evitar,

sino porque su belleza no está hecha para las prisas.

Este poema es una carta de amor a esos rincones del mundo… y del alma… que existen fuera del mapa turístico. A los caminos largos que valen la pena. A las raíces culturales que habitan en mí.

Y a las veces en que hace falta ir lejos… para volver más cerca de una misma.

Gracias por leerme.

Gracias por caminarme.

– Valentina

☕✨


Soy como un pueblito escondido: geografía del alma

Me tocó ir a España

para entender

que soy como uno de esos pueblitos escondidos,

llenos de historias

y balcones con flores que hablan en silencio.

Soy como esos pueblos antiguos,

de castillos de piedra

y callejones donde convivieron

el judaísmo, el catolicismo y el islam,

en años donde la fe no era frontera,

sino puente.

Soy como esos puertos donde veleros hermosos

dejaron sus anclas,

y los viajeros bajaron, no para quedarse,

sino para maravillarse

con lo distinto,

con lo único,

con lo inigualable.

Soy como esas calles estrechas

que te regalan el mejor gelato del mundo

y si no prestas atención,

te pierdes entre paredes viejas

llenas de historia,

color

y un sentir que no cabe en las palabras.

También soy como esas iglesias hermosas

que visité en silencio,

con vitrales de luz filtrada

y olor a incienso antiguo,

llenas de perdón,

de susurros al cielo

y de historias que no gritan,

pero sanan.

Soy como el rincón de Córdoba,

donde la universidad de filosofía y letras

aparece entre muros blancos con bordes amarillos

y balcones con claveles rojos.

Donde los perros pequeños caminan tranquilos

al lado de dueños amorosos,

y las tiendas locales ofrecen

tesoros cotidianos.

Pero también soy la carretera larga

que te lleva a esos pueblos:

una línea de olivos interminables,

tierra fértil bajo el sol,

una espera que vale cada kilómetro.

Soy ese destino escondido

al que solo llegan

los viajeros curiosos, pacientes,

los que no temen perderse para encontrarse.

Y es allí, en ese encuentro,

donde nace la magia.


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