by Valentina DuPont
Este poema nace desde uno de los roles más complejos, invisibles y profundamente transformadores que he vivido: ser madrastra.
No es cuento de hadas.
No es villanía.
Es amor en silencio.
Es quedarse, aun cuando no se es bien recibida.
Es amar, incluso sin nombre propio.
Esta es mi verdad.
¿Qué es una madrastra?
No del todo una amiga
ya tenían amigas.
No del todo una tía
sobraban las tías.
Y jamás una madre
ese lugar fue ocupado
mucho antes de que yo llegara.
Entonces, ¿qué es una madrastra
sino una mujer que camina junto al padre,
ofreciendo amor en pequeñas dosis,
lo suficientemente suaves para no incomodar,
lo suficientemente fuertes para quedarse?
Dicen que yo era el problema,
demasiado joven,
demasiado extranjera,
demasiado…
Pero nadie preguntó
qué tan peligroso es
tener 21 años
y cargar con la culpa
de una historia que no escribiste.
Yo no rompí el hogar.
Solo entré al capítulo
que nadie quiso leer.
Les enseñé a amar las verduras,
les preparé almuerzos con risas,
acompañé sus partidos como oraciones.
Hice hamburguesas de pavo y tortillas especiales,
bordé sus nombres en el ritmo de mis días.
Y aún así
demasiadas veces fui
la invitada con los brazos abiertos,
la que se quedó,
sin pertenecer del todo.
Esta es mi verdad:
Amar a niños que no diste a luz,
y sentir, aún así,
el dolor de no ser invitada
a sus corazones.
Y aún así,
los amo.
Y aún así,
me quedo.

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